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Cambio de autoridades en el Instituto de Bioética de la UCA

Posted: September 2nd, 2010, by Matoga

Estamos hablando de MI parroco, quien me comentó la novedad el sábado y, en estos días de tribulación demostró ser, además, MI AMIGO.

Los padres Revello, Fernández y BochateyBuenos Aires, 2 Set. 10 (AICA) El presbítero Rubén Revello es desde ayer, 1° de setiembre, el nuevo director del Instituto de Bioética de la Universidad Católica Argentina (UCA), mientras que el padre Alberto Bochatey OSA es el flamante presidente del Instituto para el Matrimonio y la Familia de esta casa de altos estudios.
El acta de designación fue leída durante un acto encabezado, el viernes 20 de agosto, por el presbítero Víctor Manuel Fernández, a cargo del Rectorado de la UCA, y otros miembros del Consejo Superior.
Previamente se celebró una misa con alumnos, ex alumnos y docentes de la Maestría de Ética Biomédica, que dicta el Instituto de Bioética de la Facultad de Ciencias Médicas, para despedir al padre Bochatey, a quien la Orden de San Agustín, a la que pertenece, le asignó nuevas funciones en Roma, Italia, hacia donde viajó recientemente.
El vicerrector institucional de la UCA, Ernesto Parselis, leyó ante los presentes la designación del presbítero Revello y del padre Bochatey.
En tanto, el presbítero Fernández explicó las razones de los cambios y agradeció al padre Bochatey por la tarea realizada en estos casi diez años en el Instituto de Bioética, al tiempo que expresó augurios al presbítero Revello para la nueva tarea.+

Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud de 2011

Posted: September 3rd, 2010, by Matoga

CIUDAD DEL VATICANO, 3 SEP 2010 (VIS).-”Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (Epístola de San Pablo a los Colosenses) es el título del mensaje de Benedicto XVI para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará en Madrid (España) en el mes de agosto de 2011.

Ofrecemos a continuación párrafos del mensaje, fechado en el Vaticano el  pasado 6 de agosto, festividad de la Transfiguración del Señor y publicado hoy

“Pienso con frecuencia en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney, en el 2008. Allí vivimos una gran fiesta de la fe, en la que el Espíritu de Dios actuó con fuerza, creando una intensa comunión entre los participantes, venidos de todas las partes del mundo. Aquel encuentro, como los precedentes, ha dado frutos abundantes en la vida de muchos jóvenes y de toda la Iglesia. (…) Ahora, en un momento en que Europa tiene que volver a encontrar sus raíces cristianas, hemos fijado nuestro encuentro en Madrid, con el lema: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”.

1. En las fuentes de vuestras aspiraciones más grandes

En cada época, también en nuestros días, numerosos jóvenes sienten el profundo deseo de que las relaciones interpersonales se vivan en la verdad y la solidaridad. (…) Al recordar mi juventud, veo que, en realidad, la estabilidad y la seguridad no son las cuestiones que más ocupan la mente de los jóvenes. Sí, la cuestión del lugar de trabajo, y con ello la de tener el porvenir asegurado, es un problema grande y apremiante, pero al mismo tiempo la juventud sigue siendo la edad en la que se busca una vida más grande (…) Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza. Ciertamente, eso dependía también de nuestra situación. Durante la dictadura nacionalsocialista y la guerra, estuvimos, por así decir, “encerrados” por el poder dominante. Por ello, queríamos salir afuera para entrar en la abundancia de las posibilidades del ser hombre. Pero creo que, en cierto sentido, este impulso de ir más allá de lo habitual está en cada generación.

(…) ¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito (…) El deseo de la vida más grande es un signo de que Él nos ha creado, de que llevamos su “huella”. Dios es vida, y cada criatura tiende a la vida; en un modo único y especial, la persona humana, hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz. Entonces comprendemos que es un contrasentido pretender eliminar a Dios para que el hombre viva. Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría.

La cultura actual, en algunas partes del mundo, sobre todo en Occidente, tiende a excluir a Dios, o a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna relevancia en la vida social. Aunque el conjunto de los valores, que son el fundamento de la sociedad, provenga del Evangelio – como el sentido de la dignidad de la persona, de la solidaridad, del trabajo y de la familia -, se constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza.

Por este motivo, queridos amigos, os invito a intensificar vuestro camino de fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Vosotros sois el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Como escribía el apóstol Pablo a los cristianos de la ciudad de Colosas, es vital tener raíces y bases sólidas. Esto es verdad, especialmente hoy, cuando muchos no tienen puntos de referencia estables para construir su vida, sintiéndose así profundamente inseguros. El relativismo que se ha difundido, y para el que todo da lo mismo y no existe ninguna verdad, ni un punto de referencia absoluto, no genera verdadera libertad, sino inestabilidad, desconcierto y un conformismo con las modas del momento. Vosotros, jóvenes, tenéis el derecho de recibir de las generaciones que os preceden puntos firmes para hacer vuestras opciones y construir vuestra vida, del mismo modo que una planta pequeña necesita un apoyo sólido hasta que crezcan sus raíces, para convertirse en un árbol robusto, capaz de dar fruto.

2. Arraigados y edificados en Cristo

Para poner de relieve la importancia de la fe en la vida de los creyentes, quisiera detenerme en tres términos que san Pablo utiliza en: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”. Aquí podemos distinguir tres imágenes: “arraigado” evoca el árbol y las raíces que lo alimentan; “edificado” se refiere a la construcción; “firme” alude al crecimiento de la fuerza física o moral. Se trata de imágenes muy elocuentes.

(…) La primera imagen es la del árbol, firmemente plantado en el suelo por medio de las raíces, que le dan estabilidad y alimento (…) ¿Cuáles son nuestras raíces? Naturalmente, los padres, la familia y la cultura de nuestro país son un componente muy importante de nuestra identidad. La Biblia nos muestra otra más. El profeta Jeremías escribe: “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza: será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces”. (…) Echar raíces, para el profeta, significa volver a poner su confianza en Dios. De Él viene nuestra vida (…) Jesús mismo se presenta como nuestra vida Por ello, la fe cristiana no es sólo creer en la verdad, sino sobre todo una relación personal con Jesucristo. El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo a toda la existencia.

(…)  Existe un momento en la juventud en que cada uno se pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida, qué finalidad, qué rumbo debo darle? Es una fase fundamental que puede turbar el ánimo, a veces durante mucho tiempo (…)  En este contexto, vuelvo a pensar en mi juventud. En cierto modo, muy pronto tomé conciencia de que el Señor me quería sacerdote. Pero más adelante, después de la guerra, cuando en el seminario y en la universidad me dirigía hacia esa meta, tuve que reconquistar esa certeza. Tuve que preguntarme: ¿es éste de verdad mi camino? ¿Es de verdad la voluntad del Señor para mí? (…) Una decisión así también causa sufrimiento. No puede ser de otro modo. Pero después tuve la certeza: ¡así está bien! Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole, estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica.

Como las raíces del árbol lo mantienen plantado firmemente en la tierra, así los cimientos dan a la casa una estabilidad perdurable. Mediante la fe, estamos arraigados en Cristo  así como una casa está construida sobre los cimientos. En la historia sagrada tenemos numerosos ejemplos de santos que han edificado su vida sobre la Palabra de Dios (…) Estar arraigados en Cristo significa responder concretamente a la llamada de Dios, fiándose de Él y poniendo en práctica su Palabra.

Queridos amigos, construid vuestra casa sobre roca (…) Intentad también vosotros acoger cada día la Palabra de Cristo. (…) Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos. Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría. Sólo la Palabra de Dios nos muestra la auténtica senda, sólo la fe que nos ha sido transmitida es la luz que ilumina el camino. (…) No creáis a los que os digan que no necesitáis a los demás para construir vuestra vida. Apoyaos, en cambio, en la fe de vuestros seres queridos, en la fe de la Iglesia, y agradeced al Señor el haberla recibido y haberla hecho vuestra.

3. Firmes en la fe

Estad “arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”. La carta de la cual está tomada esta invitación, fue escrita por san Pablo para responder a una necesidad concreta de los cristianos de la ciudad de Colosas. (…) Nuestro contexto cultural, queridos jóvenes, tiene numerosas analogías con el de los colosenses de entonces. En efecto, hay una fuerte corriente de pensamiento laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la sociedad, planteando e intentando crear un “paraíso” sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios se convierte en un “infierno”, donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza. En cambio, cuando las personas y los pueblos acogen la presencia de Dios, le adoran en verdad y escuchan su voz, se construye concretamente la civilización del amor, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece la comunión, con los frutos que esto conlleva. Hay cristianos que se dejan seducir por el modo de pensar laicista, o son atraídos por corrientes religiosas que les alejan de la fe en Jesucristo. Otros, sin dejarse seducir por ellas, sencillamente han dejado que se enfriara su fe, con las inevitables consecuencias negativas en el plano moral”.

“Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el “sí” de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. (…) Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva”.

4. Creer en Jesucristo sin verlo

“A muchos se les hace hoy difícil el acceso a Jesús. Muchas de las imágenes que circulan de Jesús, y que se hacen pasar por científicas, le quitan su grandeza y la singularidad de su persona. Por ello, a lo largo de mis años de estudio y meditación, fui madurando la idea de transmitir en un libro algo de mi encuentro personal con Jesús, para ayudar de alguna forma a ver, escuchar y tocar al Señor, en quien Dios nos ha salido al encuentro para darse a conocer”.

“Queridos jóvenes, aprended a “ver”, a “encontrar” a Jesús en la Eucaristía, donde está presente y cercano hasta entregarse como alimento para nuestro camino; en el Sacramento de la Penitencia, donde el Señor manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre su perdón. Reconoced y servid a Jesús también en los pobres y enfermos, en los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda. Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedle mediante la lectura de los Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica; hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca os traicionará. (…) Así podréis adquirir una fe madura, sólida, que no se funda únicamente en un sentimiento religioso o en un vago recuerdo del catecismo de vuestra infancia. Podréis conocer a Dios y vivir auténticamente de Él, como el apóstol Tomás, cuando profesó abiertamente su fe en Jesús: “¡Señor mío y Dios mío!”.

5. Sostenidos por la fe de la Iglesia, para ser testigos

“En la historia de la Iglesia, los santos y mártires han sacado de la cruz gloriosa la fuerza para ser fieles a Dios hasta la entrega de sí mismos; en la fe han encontrado la fuerza para vencer las propias debilidades y superar toda adversidad. (…) La victoria que nace de la fe es la del amor. Cuántos cristianos han sido y son un testimonio vivo de la fuerza de la fe que se expresa en la caridad”.

“Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás. En la era de la globalización, sed testigos de la esperanza cristiana en el mundo entero: son muchos los que desean recibir esta esperanza”.

“También vosotros, si creéis, si sabéis vivir y dar cada día testimonio de vuestra fe, seréis un instrumento que ayudará a otros jóvenes como vosotros a encontrar el sentido y la alegría de la vida, que nace del encuentro con Cristo”.

6. Hacia la Jornada Mundial de Madrid

“Queridos amigos, os reitero la invitación a asistir a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Con profunda alegría, os espero a cada uno personalmente. Cristo quiere afianzaros en la fe por medio de la Iglesia. La elección de creer en Cristo y de seguirle no es fácil. Se ve obstaculizada por nuestras infidelidades personales y por muchas voces que nos sugieren vías más fáciles. No os desaniméis, buscad más bien el apoyo de la comunidad cristiana, el apoyo de la Iglesia.

“A lo largo de este año, preparaos intensamente para la cita de Madrid con vuestros obispos, sacerdotes y responsables de la pastoral juvenil en las diócesis, en las comunidades parroquiales, en las asociaciones y los movimientos. La calidad de nuestro encuentro dependerá, sobre todo, de la preparación espiritual, de la oración, de la escucha en común de la Palabra de Dios y del apoyo recíproco.

“Queridos jóvenes, la Iglesia cuenta con vosotros. Necesita vuestra fe viva, vuestra caridad creativa y el dinamismo de vuestra esperanza. Vuestra presencia renueva la Iglesia, la rejuvenece y le da un nuevo impulso. Por ello, las Jornadas Mundiales de la Juventud son una gracia no sólo para vosotros, sino para todo el Pueblo de Dios. La Iglesia en España se está preparando intensamente para acogeros y vivir la experiencia gozosa de la fe”.

Intenciones de oración del papa para el mes de septiembre

Posted: September 3rd, 2010, by Matoga

CIUDAD DEL VATICANO, 1 SEP 2010 (VIS).-La intención general del Apostolado de la Oración del Papa para el mes de septiembre es: “Para que en las regiones menos desarrolladas del mundo el anuncio de la Palabra de Dios renueve el corazón de las personas, alentándolas a ser protagonistas de un auténtico progreso social”.

Su intención misional es: “Para que abriendo el corazón al amor, se ponga fin a tantas guerras y conflictos que aún ensangrientan el mundo”.

¿Qué son los Santos Padres?

Posted: September 2nd, 2010, by Matoga

A los Santos Padres o Padres de la Iglesia se los menciona constantemente.

Primeramente son mencionados por el Magisterio de la Iglesia (conformado por los Obispos unidos entre sí y, por supuesto, unidos al Obispo de Roma, el Papa).

Luego por estudiosos, teólogos, historiadores, filósofos, aficionados a la lectura y a la cultura de diversas maneras, etc.

¿Qué son en realidad y quiénes fueron los Santos Padres, y cómo no confundirlos con otras acepciones que por extensión parece tener el término?

En el Catecismo de la Iglesia Católica, se los nombra en los fundamentos (lo que correspondería a la rama de la Teología Fundamental en los manuales y cursos), más precisamente en el Nº 78.

Y a su vez el Catecismo se remite a la Constitución del Concilio Vaticano II “Dei Verbum”, sobre la Palabra de Dios, que los cita en su Nº 8.

Teológicamente, cuando hablamos de los Padres de la Iglesia o de los “Santos Padres” (nada tiene que ver con el plural de “Santo Padre”, uno de los títulos con que se designa actualmente al Sumo Pontífice), en sentido estricto y directo, nos referimos a escritores eclesiásticos (filósofos y teólogos) que cumplen con estos requisitos:

1) Doctrina ortodoxa, es decir, recta católicamente, sin error y eminente.

2) Son santos, es decir, están canonizados pública y oficialmente por la Iglesia.

3) Tienen antigüedad en la historia:

Para los escritores orientales, hasta San Juan Damasceno en el año 749. Para los occidentales, hasta la muerte de San Isidoro de Sevilla, en el 636. Es decir, llegan hasta los siglos VII-VIII.

Algunos mencionan también a San Bernardo de Claraval (siglo XII), como “el último de los Padres de la Iglesia”, un título más bien honorífico y no por la antigüedad histórica que mencionamos para occidente, ya que es posterior, pues renovó e hizo presente la doctrina de los Santos Padres. Bernardo también fue declarado Doctor de la Iglesia, y alabado luego en su doctrina por los reformadores Lutero y Calvino.

Éstos, los Padres de la Iglesia o Santos Padres, prácticamente han elaborado la fe de la Iglesia, y la han explicitado y explicado, a partir de los datos de la Revelación: Sagrada Escritura y Tradición Viva –comunicación oral desde la comunidad de Jesús y los apóstoles, y a través de éstos de Obispo en Obispo en la Sucesión Apostólica de los tiempos-, siempre fieles al Magisterio de la Iglesia. Por ello su doctrina es recta y sin error.

Se pueden ver sobre este tema los números 75 al 82 del Catecismo de la Iglesia Católica, y los números 85 y 86.

Ejemplo de ellos son los santos Agustín, Ambrosio, Atanasio, Beda el Venerable, Cirilo y Clemente de Alejandría, Efrén, Gregorio Magno, Ireneo, Jerónimo, Juan Crisóstomo, Juan Damasceno, Justino.

No se los debe confundir con aquellos a quienes la Tradición Viva y el Magisterio de la Iglesia llama “Escritores Eclesiásticos”, que son también escritores de la antigüedad importantes que, aunque valorados y citados, estudiados y mencionados en sus mejores textos en la Liturgia, les falta alguna de las notas señaladas para los Santos Padres: Tuvieron algún error en su doctrina o en su vida, y por lo tanto no están canonizados.

Ejemplo de escritores eclesiásticos son Orígenes y Tertuliano.

Y empleemos también un apartado para distinguir a los Padres  de los Doctores de la Iglesia, y de paso decimos algo de lo que éstos son.

a) Los Doctores de la Iglesia, a semejanza de los Santos Padres, cumplen con  la nota de estar canonizados, es decir, de ser santos declarados públicamente por la Iglesia.

b) La doctrina de los Doctores es también sin error y eminente, y como todo doctor en su tesis, tiene que ser novedosa en algún aspecto, ya sea en su forma de expresarla o de vivirla.

c) La nota innovadora es que, además, esta doctrina tiene que ser camino de santidad para todos: Desde el Papa hasta el “último laico”: obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos/as, laicos.

De aquí se deduce también que a veces la doctrina de los Santos Padres o Padres de la Iglesia, es entendida y estudiada sólo por expertos en el tema o estudiosos de los mismos, cosa que no sucede con los Doctores.

d) Y a diferencia de los Santos Padres, los Doctores no tienen por qué tener antigüedad en la historia, ya que los hay antiguos y modernos, y por qué no, algunos de los contemporáneos o que caminan o caminaron con nosotros lo serán.

Ejemplos de Doctores de la Iglesia son:

San Juan de la Cruz, con su camino contemplativo, el más fácil y el más corto de todos, lleno de nadas y vacío interior, hermoso de captar en sus Obras, como el “Cántico Espiritual” y la “Subida al Monte Carmelo”.

Santa Teresa de Jesús, maestra de oración, con su “Camino de Perfección” y el libro de las “Moradas”, para la experiencia mística e íntima de Dios, hasta llegar a quedarse con Jesús como esposa en su alcoba.

Santa Teresita del Niño Jesús, con su forma de presentar y vivir la niñez espiritual y el abandono confiado en los brazos del Padre Celestial, plasmado en su vida y expresado en su Autobiografía “Historia de un Alma”.

También lo son San Agustín y otros. Por lo que algunos Santos Padres también son Doctores de la Iglesia, por su novedad de expresión y vida, y porque su doctrina es accesible a todos como camino de perfección.

Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica

Domingo de la Semana 23ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Posted: September 2nd, 2010, by Matoga

«El que no renuncie no puede ser discípulo mío»

Lectura del libro de la Sabiduría  9, 13-18

«¿Qué hombre, en efecto, podrá conocer la voluntad de Dios? ¿Quién hacerse idea de lo que el Señor quiere? Los pensamientos de los mortales son tímidos e inseguras nuestras ideas, pues un cuerpo corruptible agobia el alma y esta tienda de tierra abruma el espíritu lleno de preocupaciones.

Trabajosamente conjeturamos lo que hay sobre la tierra y con fatiga hallamos lo que está a nuestro alcance; ¿quién, entonces, ha rastreado lo que está en los cielos? Y ¿quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu espíritu santo? Sólo así se enderezaron los caminos de los moradores de la tierra, así aprendieron los hombres lo que a ti te agrada y gracias a la Sabiduría se salvaron”.»

Lectura de la carta de San Pablo a Filemón 1, 9b-10.12-17

«Prefiero más bien rogarte en nombre de la caridad, yo, este Pablo ya anciano, y además ahora preso de Cristo Jesús. Te ruego en favor de mi hijo, a quien engendré entre cadenas, Onésimo, que en otro tiempo te fue inútil, pero ahora muy útil para ti y para mí. Te lo devuelvo, a éste, mi propio corazón. Yo querría retenerle conmigo, para que me sirviera en tu lugar, en estas cadenas por el Evangelio; mas, sin consultarte, no he querido hacer nada, para que esta buena acción tuya no fuera forzada sino voluntaria.

Pues tal vez fue alejado de ti por algún tiempo, precisamente para que lo recuperaras para siempre, y no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido, que, siéndolo mucho para mí, ¡cuánto más lo será para ti, no sólo como amo, sino también en el Señor!. Por tanto, si me tienes como algo unido a ti, acógele como a mí mismo.»

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 14, 25-33

«Caminaba con él mucha gente, y volviéndose les dijo: “Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.

“Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: “Este comenzó a edificar y no pudo terminar.” O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

¿Cómo ser discípulo del Señor? A lo largo de las lecturas veremos, cada vez con más claridad, cómo los pensamientos de Dios no son los pensamientos del hombre: «la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres» (1Cor 1,25). Los pensamientos del hombre se muestran, muchas veces, tímidos e inseguros ya que provienen de «un cuerpo corruptible» abrumado por las preocupaciones y marcado, no determinado, por el pecado (Primera Lectura). Es la sabiduría de Dios la que lleva a Jesús a manifestar claramente las condiciones para seguirlo y así ser un «verdadero discípulo» (Evangelio). Finalmente vemos en la Segunda Lectura una bella expresión del discipulado, que nace de la fe y del amor, que lleva a Pablo a interceder por Onésimo ante Filemón.

La Sabiduría de Dios

El libro de la Sabiduría, considerado el último del Antiguo Testamento (escrito alrededor del año 50 A.C.), es de corte humanista al estilo griego, cuyo influjo se hace notar, por ejemplo, en la distinción que establece entre el cuerpo y el alma (ver Sb 9,15). No obstante la sabiduría que vemos aquí no es la gnosis[1] de la filosofía griega, sino es el conocimiento que se adquiere como don del Espíritu Santo que nos ayuda a entender los designios de Dios. La Primera Lectura hace parte de una oración para alcanzar la Sabiduría y viene a propósito del hecho contado en 1 Re 3,4-16; el sueño en que Salomón le pide a Dios sabiduría: «Concede a tu siervo un corazón atento para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal» (1Re 3,9). La condición indispensable para adquirir la sabiduría es tener un corazón humilde y sencillo. A los que aceptan cooperar con Él, Dios les concede la rectitud, la prudencia e incluso la autoridad para dirigir al Pueblo de Dios. Abraham, Moisés y sin duda la Virgen María; fueron llamados a realizar grandes obras (ver Lc 1, 49) porque pusieron toda su confianza en las promesas de Dios.

Pablo intercede por Onésimo

Filemón era un cristiano de una buena posición social, quizá convertido por el mismo San Pablo. Su esclavo Onésimo se había escapado, por alguna culpa, y había ido a parar a Roma, donde Pablo le ofreció refugio y lo convirtió. La fuga de Onésimo era delito por el que incurría en graves penas, y Pablo podría resultar cómplice. Pablo no intenta resolver el problema por la vía legal, aunque sugiere estar dispuesto a compensar a Filemón, más bien traslada el problema y su resolución al gran principio cristiano del amor y la fraternidad, más fuertes que la relación jurídica de amo y esclavo. Si  Filemón ha perdido un esclavo, puede ganar un hermano; y Pablo será agente de reconciliación en este delicado caso (ver 2Cor 5,17-21). La carta debió ser escrita desde la prisión de Roma alrededor del 61-63.

«Caminaba con Él mucha gente…»

El Evangelio de hoy se abre con un cambio de escena. Estábamos, en la lectura del Domingo pasado, en una comida ofrecida en sábado por uno de los jefes de los fariseos, a la cual había sido invitado también Jesús. Allí, aprovechando esa situación, Jesús había dado diversas enseñanzas que tienen relación con un banquete. El Evangelio de hoy lo presenta en el camino segui­do por una multitud: «Caminaba con Él mucha gente». Es difícil hacerse una idea de cuántos eran los que caminaban con Jesús. En otra ocasión el mismo evangelista dice que se reunieron para escuchar a Jesús «miríadas de personas hasta pisarse unos a otros» (Lc 12,1).

La palabra «miríada» es una trascripción de la palabra griega «myri­ás» que significa diez mil. Pero también se usa para designar un número indefinido muy grande, como usamos nosotros la palabra «millones». En todo caso, la imagen que se trans­mite es la de un gran número de personas que iban con Jesús por el camino. Es de notar que el evange­lista evita cuidadosamente decir que esas numerosas perso­nas «lo seguían», porque este término se reserva a sus discípulos. Y aquí se trata precisamente de discernir quiénes de entre esa multitud pueden llamarse «discípulos» de Jesús. Justamente en el Evangelio de hoy contiene la definición de lo que Jesús entiende por un discípulo suyo. Y esa definición no es puramente teórica, sino que tiene el valor particular de surgir de un hecho concreto de vida. Tres veces repite Jesús la misma fórmula, que parece desalentar a quien piense que seguirlo es algo bien visto, cómodo y placentero: el que no cumpla con tal cosa, «no puede ser discípulo mío».

¿Y cuál es el hecho concreto de vida del cual surgen esas tres expresiones? El Evangelio dice: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío… El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío… El que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío». A Jesús no le interesa tanto el número de los que lo acompañan; sino la radicalidad del seguimiento. Y por eso pone esas condiciones que son de una inmensa exigencia. Para ser discípulo de Jesús se exige una adhesión total. El que lee esas condiciones puestas por Jesús debe exami­narse a sí mismo seriamente para ver si merece el nombre de cristiano.

En todo caso este nombre hay que usarlo con mucha mayor cautela. Los métodos de Jesús parecen ser diametralmente opuestos a los modernos sistemas de «marketing», donde se adopta todo tipo de técnicas y argucias para conseguir un adepto o un compra­dor. Jesús aparece también atentando contra la popularidad de la que necesitan los políticos para hacer prevalecer sus posturas. Sin embargo la garantía de la verdad del mensaje de Jesucristo; es que Él mismo con su Muerte y Resurrección, la ratificó. «Y si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe» (1Cor 15,14). Y afortunada­mente tampoco la Iglesia de Cristo tiene la preocu­pación de la populari­dad, pues no se empeña en complacer a los hombres, sino sólo a Dios. Por eso la Iglesia, aunque parezca incómoda e impopular, lo que nos enseña es la verdad. Precisamente la garantía de que su doctrina es la verdad es que no busca complacer los oídos de los hombres y mujeres.

¿Odiar a su padre o su madre, hermanos y hermanas…?

«Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío…». Ésta es la primera condición: «odiar» a los de la propia casa y hasta la propia vida. ¿Cómo se entiende esto? En realidad, Jesús nos manda «honrar padre y madre», como se lo dijo claramente al joven rico cuando le expuso los mandamientos que eran necesarios cum­plir para alcanzar la vida eterna (ver Lc 18,20). El original griego «misei», de «odiar»; tiene el sentido de posponer, descuidar o amar menos. Es decir debe entenderse en sentido relativo; quiere decir: «en la escala de valores no tenerlos en el primer lugar», o más precisa­mente, en una situación de conflicto entre el amor a Cristo y el amor a esas otras personas, hay que preferir a Cristo.

«Quien no carga su cruz y me sigue no puede ser discípulo mío»

Aquí Jesús pone una condición ulterior. No se trata de amar a Cristo solamente, sino amarlo en su situación de total abajamiento, es decir, en la cruz, en ese estado en que todos lo abandonaron. La fidelidad a Jesús hasta este extremo es la prueba del verda­dero discípulo. Tal vez nadie ha expresado mejor que San Pablo esta centralidad de la cruz. Por eso escribe a los Corintios: «Mientras los judíos piden señales y los grie­gos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los gentiles» (1Cor 1,22-23). La cruz es para ellos (judíos y griegos) un obs­táculo insuperable (escándalo), o bien, una demostración de insensatez. El discípulo de Cristo, en cambio, ve en Cristo crucificado la «fuerza de Dios y la sabiduría de Dios» (1Cor 1,24), y por eso, abraza su cruz con alegría y desea compartir con Cristo la ignomi­nia de la cruz.

¿Renunciar a todos los bienes?

La fuerza de la tercera condi­ción está en la expresión «renunciar a todos sus bienes», no sólo se trata de unos pocos bienes. Y para ilustrar esta condición, Jesús propo­ne dos pequeñas pará­bolas: nadie se pone a construir una torre si no tiene con qué terminarla; nadie sale a comba­tir si sus tropas son insuficientes para hacer frente al enemigo. Asimismo que nadie pretenda seguir a Cristo y ser discípulo suyo si no está dispuesto a renunciar a todos sus bienes. Tarde o temprano esos bienes le significarán un estorbo, como ocurrió con el joven rico: «se alejó de Jesús triste, porque tenía muchos bienes» (Mt 19,22). El Evangelio de hoy nos invita a examinar la radicalidad y la coherencia de nuestra adhe­sión a Jesús. El mártir San Ignacio de Antioquía en el siglo II conocía bien esta definición de discípulo de Cristo. Por eso cuando era llevado bajo custodia a Roma donde había de sufrir el martirio como pasto de las fieras, escribe a los cristianos de Roma para suplicarles que no hagan ninguna gestión que pueda evitarle el martirio, pues teme que para eso haya que transigir en algo de su adhesión a Cristo. Y agrega: «Más bien convenced a las fieras que ellas sean mi tumba y que no dejen nada de mi cuerpo… Cuando el mundo ya no vea ni siquiera mi cuerpo, entonces seré verdaderamente discípulo de Jesucristo».

Una palabra del Santo Padre:

« La salvación, que Jesús obró con su muerte y resurrección, es universal. Él es el único Redentor e invita a todos al banquete de la vida inmortal. Pero con una única e igual condición: la de esforzarse en seguirle e imitarle, cargando, como Él hizo, con la propia cruz y dedicando la vida al servicio de los hermanos. Única y universal, por lo tanto, es esta condición para entrar en la vida celestial. El último día –recuerda además Jesús en el Evangelio- no seremos juzgados según presuntos privilegios, sino según nuestras obras. Los «agentes de iniquidad» serán excluidos, mientras que serán acogidos cuantos hayan realizado el bien y buscado la justicia, a costa de sacrificios. No bastará por lo tanto declararse «amigos» de Cristo jactándose de falsos méritos: «Hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas» (Lc 13,26).

La verdadera amistad con Jesús se expresa en la forma de vivir: se expresa con la bondad del corazón, con la humildad, la mansedumbre y la misericordia, el amor por la justicia y la verdad, el empeño sincero y honesto por la paz y la reconciliación. Éste, podríamos decir, es el «documento de identidad» que nos cualifica como sus auténticos «amigos»; éste es el «pasaporte» que nos permitirá entrar en la vida eterna.

Queridos hermanos y hermanas: si queremos también nosotros pasar por la puerta estrecha, debemos empeñarnos en ser pequeños, esto es, humildes de corazón como Jesús. Como María, Madre suya y nuestra. Ella en primer lugar, detrás del Hijo, recorrió el camino de la Cruz y fue elevada a la gloria del Cielo, como recordamos hace algunos días. El pueblo cristiano la invoca como Ianua Caeli, Puerta del Cielo. Pidámosle que nos guíe, en nuestras elecciones diarias, por el camino que conduce a la «puerta del Cielo».

Benedicto XVI. Angelus Domingo 26 de agosto 2007.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Seguir a Jesús, es decir llamarse de verdad «cristiano», tiene un precio. ¿Amo a Jesús realmente en primer lugar? ¿Soy capaz de «renunciar a todo» para seguirlo? ¿Qué me impide amarlo más? ¿A qué debo de renunciar?

2. Vivir el amor fraterno exige ver en el otro a mi hermano. ¿Discutamos en familia, cómo puedo hacer concreto mi amor solidario por mis hermanos, especialmente a los más necesitados?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 520. 562. 618.1506.1816.1823.1929-1948.


[1] Gnosis (conocimiento): el uso más habitual de este término se relaciona con los defensores del gnosticismo, para quienes designaba un tipo de conocimiento no discursivo, sino intuitivo y perfecto, al que solamente podían acceder los iniciados y, mediante el cual, llegaban a comprender los misterios de la divinidad. Los grupos «new age» de la actualidad pueden ser considerados «neo-gnósticos».

Volvemos…renovados.

Posted: September 2nd, 2010, by Matoga

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador [...]

[...]porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de la misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abrahán

y su descendencia por siempre.

Fragmentos del Magníficat…


Sigo acá

Posted: August 30th, 2010, by Matoga

En estos días, estoy pasando por una etapa complicada, por eso no puedo escribir demasiado.

Agradezco a todos los que me saludaron por mi cumpleaños y les pido una oración especial por mi.

Desde la obra Puntos Corazón alertan sobre un falso sacerdote

Posted: August 24th, 2010, by Matoga

Movimiento Puntos CorazónParaná (Entre Ríos), 24 Ago. 10 (AICA) El responsable nacional de Puntos Corazón Argentina, presbítero Marc Schmitt, alertó sobre la “situación fraudulenta” de una persona que dice llamarse “Francisco Marino”, quien se presenta en la red social Facebook e Internet como sacerdote miembro de la Fraternidad Sacerdotal Molokai, rama sacerdotal de este movimiento católico.

“Afirmo que ‘Francisco Marino’ no es conocido por nuestro Movimiento, no pertenece a nuestra Fraternidad Sacerdotal Molokai y carece de todo vínculo con Puntos Corazón”, subrayó en un comunicado para evitar confusiones, que contó con la aprobación del arzobispo de Paraná, monseñor Mario Maulión.
El presbítero Schmitt advirtió que esta persona “dice trabajar en proximidades de la villa La Cava (San Isidro – Buenos Aires) con un grupo de jóvenes laicos europeos”.
Informes: www.puntoscorazon.org.ar .+

Domingo de la Semana 22ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Posted: August 24th, 2010, by Matoga

«Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado»

Lectura del libro del Eclesiástico 3,19-21.30-31

«Haz, hijo, tus obras con dulzura, así serás amado por el acepto a Dios. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y ante el Señor hallarás gracia. Pues grande es el poderío del Señor, y por los humildes es glorificado. No busques lo que te sobrepasa, ni lo que excede tus fuerzas trates de escrutar. Lo que se te encomienda, eso medita, que no te es menester lo que está oculto. En lo que excede a tus obras no te fatigues, pues más de lo que alcanza la inteligencia humana se te ha mostrado ya. Que a muchos descaminaron sus prejuicios, una falsa ilusión extravió sus pensamientos.

El corazón obstinado en mal acaba, y el que ama el peligro caerá en él.  El corazón obstinado se carga de fatigas, el pecador acumula pecado tras pecado. Para la adversidad del orgulloso no hay remedio, pues la planta del mal ha echado en él raíces. El corazón del prudente medita los enigmas. Un oído que le escuche es el anhelo del sabio. El agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona los pecados. Quien con favor responde prepara el porvenir, el día de su caída encontrará un apoyo».

Lectura de la carta a los Hebreos 12,18-19.22-24a

«No os habéis acercado a una realidad sensible: fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, huracán, sonido de trompeta y a un ruido de palabras tal, que suplicaron los que lo oyeron no se les hablara más. Tan terrible era el espectáculo, que el mismo Moisés dijo: Espantado estoy y temblando. Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad de Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, juez universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación, y a Jesús, mediador de una nueva Alianza».

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 14, 1.7-14

«Y sucedió que, habiendo ido en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: “Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: “Deja el sitio a éste”, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto. Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba.” Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado”.

Dijo también al que le había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos”.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

El vínculo que podemos encontrar entre los textos litúrgicos de este Domingo es la humildad. Es la actitud del hombre ante las riquezas del mundo material o espiritual (Primera Lectura). Es y debe ser la actitud correcta de todo hombre, y particularmente del cristiano, en las relaciones con los demás (Evangelio). Y, sobre todo, debe ser la actitud propia del hombre en su relación con Dios; una actitud en la que descubre su propia pequeñez ante la magnanimidad de Dios (Segunda Lectura).

Entendiendo el contexto

El Evangelio de hoy comienza ubicando el contexto de lo que va a acontecer: «Sucedió que habiendo ido Jesús en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos lo estaban observando» (Lc 14,1). Tres cosas podemos destacar en esta introducción: el tiempo: día sábado; el lugar: la casa de un fariseo; la ocasión: un banquete con varios otros invitados. Después de esta introducción sigue un episodio, que no hace parte de la lectura dominical: «Había allí, delante de Jesús, un hombre hidrópico». Seguramente este hombre se había enterado de que Jesús estaba allí y había venido a postrarse ante él suplicándole que lo sanara. ¿Qué hacer?

Por un lado, es claro que la Ley prohíbe hacer cualquier trabajo en sábado, y Jesús declaró que Él había venido a «dar cumplimiento a la Ley» (Mt 5,17). Por otro lado, es claro que este hombre está privado de la salud. Jesús opta por curar al enfermo y lo despide. De esta manera enseña que la vida humana tiene un valor sagrado e inviolable y que la Ley, incluido el precepto del sábado, está formulada por Dios «para que el hombre tenga vida y la tenga en abundancia». El respeto de la vida humana y el cuidado de ella, desde su concepción hasta su fin natural, está en el centro de la enseñanza de Cristo.

En seguida el Evangelio se centra en el banquete. Jesús se fija en la conducta de los invitados y, notando cómo elegían los primeros puestos, les dice una parábola: «Cuando seas invitado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto…». En realidad, más que una parábola en sentido estricto, ésta es una enseñanza de sabiduría humana. Y, aunque sea una norma de la más elemental prudencia humana, los invitados que Jesús observaba no la cumplían.

La literatura sapiencial

Con estas recomendaciones de sabiduría humana y de sana convivencia, Jesús adopta el estilo de la literatura sapiencial. Sabemos que varios libros de la Biblia perte­necen a este género: Job, Proverbios, Cohelet (Ecle­sias­tés), Sirácida (Eclesiástico) y Sabiduría. Tam­bién se encuentra el género sapiencial en parte de otros libros. Jesús revela tener conocimiento de esta literatu­ra, pues la parábola que propone toma su enseñanza del libro de los Proverbios. Allí se hace la misma recomenda­ción: «No te des importan­cia ante el rey, no te coloques en el sitio de los gran­des; porque es mejor que te digan: ‘Sube acá’, que ser humillado delante del príncipe» (Prov. 25,6-7). Es la misma enseñanza que, para hacerla más incisiva, Jesús la propone en forma de parábola, según su estilo propio y característico de enseñar.

La literatura sapiencial floreció en el Antiguo Oriente, especialmente en Egipto y Mesopotamia, donde se componían proverbios, fábulas y poemas para enseñar el arte del bien vivir, conforme al orden del universo. De allí fue tomada por Israel, pero mirada bajo el prisma de su propia fe en un Dios creador y salvador que dirige todo el uni­verso. Y en esta forma fue adoptada como parte de los libros sagrados. Pero la canonización mayor de estos libros les viene por el hecho de que Jesús los conoz­ca y los cite. Tan sólo del libro de los Prover­bios, el Nuevo Testamento tiene catorce citas textuales y una veintena de alu­siones. Justamente en el Evangelio de hoy encon­tramos una de éstas.

Sin embargo alguien podría preguntar: ¿Qué tiene que ver este tipo de consideraciones de prudencia y sabiduría humana con las virtu­des sobrenaturales de fe, esperanza y caridad, que consti­tuyen la perfección de la vida cristiana? ¿Por qué se ocupa Jesús de estas cuestiones de vida social? El se ocupa de las virtudes humanas naturales, porque ellas son el terreno fértil en que pueden echar raíces las virtudes sobrenatu­rales de la fe, esperanza y caridad. Donde faltan las virtudes humanas de la honestidad, la lealtad, el amor a la verdad, la fideli­dad a la palabra empeñada y a los compromi­sos asumidos, etc., y las virtu­des cristianas naturales de la humildad, la pacien­cia, la mansedumbre, la modestia, la tolerancia, la gene­rosidad, etc., es imposi­ble que florez­can las virtudes sobrenatura­les de la fe, esperanza y caridad.

Cuando alguien, por ejemplo, es deshonesto, o menti­roso, o mantiene negocios turbios y fraudu­lentos, no se puede pretender que sobre­salga en la caridad; cuando alguien es vanidoso y soberbio y ambiciona los primeros lugares para alcanzar gloria humana, es imposible que brille por la fe y la esperanza sobrena­tura­les. Por otro lado, donde las virtu­des sobrena­turales han encontrado un terre­no apto para florecer, ellas per­feccio­nan ulteriormente al hombre en las virtudes natura­les. Por eso, las virtudes humanas y cristianas naturales resplande­cen con mayor brillo en los santos.

La reina de las virtudes

La parábola es de mera sabiduría humana y como tal contie­ne una sabia enseñanza para el diario vivir. Pero es claro que Jesús no se queda sólo en este nivel. Él no sólo está dando una norma de elemental buena educación. Lo que Jesús quiere ense­ñar es la virtud de la humildad. Por eso la senten­cia conclusiva: «El que se ensalce, será humillado; y el que se humille será ensalzado», se refie­re, en primer lugar, a nuestra relación con Dios. «Será humillado» y «será ensalza­do» por Dios. La humildad es la reina de las virtudes. Ella hace res­plandecer todas las demás virtudes y sin ella todas la demás virtudes perecen.

«Humilde» se deriva de la palabra latina «humilis», que a su vez proviene de «humus» (tierra). Humilde es  pues el que está al ras del suelo o se mueve cerca del suelo. Algo que responde exactamente a nuestra condición de criatura ya que humilde es el que, con sabiduría y realismo, reconoce la distancia que le separa de su Creador. Santa Teresa de Ávila, sin apelar a latines, dio una certera definición de humildad, quizás la mejor que existe: «Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y se me puso delante…esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad» (Moradas sextas 10,8).

Más aún podemos decir que toda la historia de la salvación es el cumplimiento de esa sentencia luminosa de Jesús. En efec­to, si todo el género humano se vio comprometido y sometido a la muerte, fue por el orgullo de nuestros primeros padres. Dios les había dado todos los bienes, incluido el más grande de todos que es su propia amistad e intimidad. El único límite que les puso fue el de su propia humanidad. Bastaba que el hombre reconociera su condición de ser humano. El único precepto: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás» equivale a éste otro: «Conténtate con ser hombre y no quieras ser Dios». Pero no. El ser humano quiso traspa­sar también este límite y cedió a la tentación de ser dios: «El día que comiereis se os abrirán los ojos y seréis como dioses» (Gen 3,5). Y comió. Pero no fue dios, sino que volvió al polvo de donde había sido tomado: «Polvo eres y en polvo te convertirás» (Gen 3,19). El hombre se exaltó y fue humi­llado. Ésta es la eterna historia del hombre autosufi­ciente que quiere reali­zarse al margen de Dios.

Cristo, en cambio, para redimirnos hizo el camino con­trario, como lo dice hermosamente el himno de la carta a los Filipenses 2,6-11: «Cristo, siendo de condición divi­na, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose seme­jante a los hombres… se humilló a sí mismo, obede­ciendo hasta la muerte y muerte de cruz». Ésta es también la historia de la bienaventurada Virgen María que es capaz de decir: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu – se alegra en Dios mi salvador – porque – ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, – por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada».

¿A quién invitar?

Aprovechando de que estaba en un banquete, Jesús siguió dando un criterio sobre la elección de los invitados: «Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos». ¡Qué distinto es este criterio del que se usa en la vida corriente! Las listas de invitados parten siempre por los más poderosos y precisamente en vista de la retribución que ellos puedan ofrecer. Jesús dice: «Ellos te invitarán a su vez, y tendrás ya tu recompensa», quedarás pagado en esta tierra.

En cambio, si se invita a los que no pueden corresponder, la recompensa no será de ellos, ¡será de Dios! Y no será en bienes de esta tierra. Por eso dice: «Se te recompensará en la resurrección de los justos», es decir, eternamente en el cielo. ¡Qué extraño poder de retribución tienen los pobres! Es que Jesús se identificó con ellos de la manera más plena: «Tuve hambre y me disteis de comer… En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,35.40). La recompensa será ésta: «Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,34).

Una palabra del Santo Padre:

«Hace exactamente un mes tenía lugar en Asís la Jornada de oración por la paz en el mundo. Hoy mi pensamiento se dirige espontáneamente hacia los responsables de la vida social y política de los países que estaban representados por los jefes religiosos de numerosas naciones.

Las intervenciones inspiradas de esos hombres y mujeres, representantes de las diferentes confesiones religiosas, así como su deseo sincero de trabajar a favor de la concordia, de la búsqueda común del auténtico progreso y de la paz en el seno de toda la familia humana, encontraron su expresión elevada y concreta a la vez en un «decálogo» proclamado al concluir esa jornada excepcional.

Tengo el honor de enviar el texto de este compromiso común a Su Excelencia, convencido de que estas diez proposiciones podrán inspirar la acción política y social de su gobierno. Pude constatar que los participantes en el encuentro de Asís estaban más animados que nunca por una convicción común: la humanidad tiene que escoger entre el amor y el odio. Y al sentirse todos miembros de una misma familia humana, supieron traducir esta aspiración a través de este decálogo, persuadidos de que el odio destruye, por el contrario el amor construye.

Deseo que el espíritu y el compromiso de Asís lleven a todos los hombres de buena voluntad a la búsqueda de la verdad, de la justicia, de la libertad, del amor, para que toda persona humana pueda gozar de sus derechos inalienables, y cada pueblo de la paz. Por su parte, la Iglesia católica, que pone su confianza y esperanza en «el Dios del amor y de la paz» (2 Corintios 13, 11), seguirá comprometiéndose para que el diálogo leal, el perdón recíproco y la concordia mutua tracen la ruta de los hombres en este tercer milenio».

Juan Pablo II. Carta a los Jefes de Estado para presentar el Decálogo de Asís.

24 de febrero de 2002.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Humildad es andar en verdad. ¿Cómo vivo la humildad en mi vida cotidiana? ¿Soy humilde? ¿Qué me falta para vivir esta virtud?

2. ¿A quién invitaría a un banquete? ¿Cuándo ayudo a alguien, busco que ella me retribuya el favor? ¿Soy generoso y desinteresado?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1803-1804. 1810-1813. 2779.

Coronación Ntra. Sra. de la Paz (2)

Posted: August 23rd, 2010, by Matoga

Homilía del Obispo Diocesano en la Coronación de la imagen con el Niño de Nuestra Señora de la Paz

Posted: August 23rd, 2010, by Matoga

La buena memoria  nos consolida como pueblo, porque da lugar a la esperanza, y en esta nuestra historia, a una esperanza que abrió caminos para recordar con gratitud el pasado, al deseo de vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro.

Ante las luchas intestinas entre argentinos, ante la distancia del centralismo porteño y el reclamo de las provincias, en las cercanías de Buenos Aires por la insistencia de los pobladores de las Lomas de Zamora, después de casi cuarenta años de exponer a las autoridades la petición de la fundación del pueblo, de la parroquia y del partido (así se estilaba en esa época) bajo la advocación de la Virgen de la paz. El 20 de agosto de 1860 se efectuaba la séptima petición para construir este templo de las lomas de Zamora. En diciembre del mismo año el gobernador de la Provincia Bartolomé Mitre puso la piedra fundante y el párroco de  San Miguel de Buenos Aires, canónigo Gabriel Fuentes  bendecía  las primeras zanjas abiertas para los cimientos.

El Bicentenario de la patria no es sólo el primer grito de libertad del 25 de mayo de 1810- sino también el deseo de ir plasmando y consolidando como nación la independencia iniciada en 1816. Pastoralmente creemos tambien que  ayudará como celebración prolongada durante el próximo sexecenio a seguir recordando y uniendo los acontecimentos  de los 200 años de la revolución de mayo y del Congreso de Tucumán: nuestra independencia nacional, y los 150 años de historia lomense, hasta el 2016.

La costumbre de representar a santa María virgen  ceñida con corona regia data ya de los tiempos del Concilio de Efeso (431), lo mismo en Oriente que en Occidente.

Hoy junto al Señor la coronamos. “A tu derecha está la Reina enjoyada con oro de ofir” reza la escritura. Y la imagen la contemplamos sentada con el niño, esta sentada en la cátedra en el trono, porque esta es su cátedra, esta es su casa.

Ella sabemos que no necesita de coronas materiales, pero nosotros como hijos suyos, que nos movemos desde  el sentido, necesitamos el  gesto que nos ayude a contemplar  a la Madre y Reina, para que se proyecte este gran deseo, de que verdaderamente: reine en nuestros corazones, queremos con este gesto que María reine en nuestros corazones, y que reine como Señora de la Paz; que nos ayude a cada uno a ser un poco más justos cada día.

Uno de los textos marianos más antiguos del N. T. Aparece en la carta a los Gálatas : “cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su hijo, nacido de mujer” .

Es un texto de la Palabra de Dios que genera en nosotros gran esperanza, no sólo porque nos habla de que ha llegado el tiempo de la redención, sino también por las palabras; “Nacido de mujer”, que nos hace entender dos cosas importantes: que Dios quiso meterse en la familia humana y la incorporación de María al proyecto salvífico de Dios.

Pero si gustamos este texto descubrimos también, no sólo la afirmación de la maternidad divina de María, sino el hecho de que ella, desde su tímida entrada en este amplio escenario bíblico, aparece al lado de un misionero: Jesucristo, se presenta en este texto como el gran enviado de Dios. El verbo “envió” es un término clásico para indicar La Misión; califica claramente al Hijo como enviado del Padre.

María Santísima se asoma entonces al mirador de la historia de la salvación, se manifiesta en público otra vez, asociada al gran misionero, como queriendo significar que uno de los rasgos fundamentales de su figura materna es el de la  misión.

Es por eso que la imagen peregrina de Nuestra Señora de la Paz, antes de esta coronación, quiso misionar entre su pueblo, tantos testimonios recibidos a su paso por Parroquias y colegios, por las calles y las plazas, los andenes de las estaciones y las peatonales, desde el bullicio de los comercios al silencio de las capillas, es decir, donde se plasma el acontecer de la gente.

Hemos querido en este tiempo rezar en todas las comunidades junto a la Madre, por la paz entre los argentinos, ante la violencia domestica y la callejera, ante la crispación de los mayores y la venganza de los menores, ante el flagelo del alcohol que destruye y las zonas liberadas que intoxican y  fulminan a muchos, para que lucren unos pocos. Seguimos pidiendo por esta justicia demasiado largamente esperada.

Sabemos que en el Evangelio se encuentran muchos pasajes, que concretamente muestran su espíritu misionero. En el evangelio de la visitación es como si la Virgen se moviera bajo el impulso del mismo verbo: enviar, el que tocó a Gabriel: y  “fue enviado, el ángel de parte de Dios”. Fue enviado. Es fuerte el mandato de este verbo: y no habiéndose agotado con la venida del ángel a la tierra, descargó el dinamismo que le quedaba, en María, que se puso en marcha hacia las montañas de Judea. Es decir, también ella fue enviada. En el origen de su viaje resuena este verbo misionero que la Iglesia ha proclamado y ha ejercitado a lo largo de los siglos. María obedeció a este impulso misionero, y llevando a Cristo en su seno, se convirtió en su primera custodia, inauguró las procesiones del “Corpus Christi” y fue a llevar el anuncio de liberación a los parientes que estaban lejos.

En este y en otros pasajes cada vez que se habla de María lo relacionamos como la mensajera de la buena noticia. María es buena noticia que nos trae la buena nueva del Evangelio, por eso el pasaje de la Carta a los Gálatas nos presenta toda la fuerza teológica de su exordio: al lado de Cristo. Nosotros enviados, queremos salir del refugio seguro del templo, para ser enviados a los que no conocen la Buena Noticia de Jesús. Porque como enviada por Dios para la salvación del mundo la Iglesia existe para caminar, no para acomodarse.

Nómada como tú, Madre y Reina, pon en nuestro corazón una gran pasión por llevar el Evangelio a todo hombre. Madre caminante como tú, llénanos de ternura hacia los necesitados. Y haz que no nos preocupemos más que presentar a Jesucristo, como hiciste tú con los pastores, con los magos de oriente y con otros mil anónimos personajes que esperaban la redención.

Santa María Reina de la paz, que seamos una Iglesia misionera que partamos el pan de la Palabra a todo hermano; especialmente, a los que se sienten más lejos. Auxílianos en nuestro deseo misionero, restaura nuestro cansancio, protégenos de todo peligro, especialmente el de la prepotencia, la comodidad y el mirarnos a nosotros mismos.

Santa María haznos testigos de la alegría, de esa alegría sencilla de los que caminan el barrio y se sientan a perder el tiempo con el anciano, el débil, el sufriente, de los que se convierten en ministros de la escucha del adolescente crispado y del joven sólo, de la mujer golpeada o abandonada y del que no cuenta para nuestra eficiente sociedad indiferente. Que ante lo urgente de la caridad nos parezca pobre nuestra generosidad y lenta nuestra acción con los caídos del camino.

¡Madre y Reina de la paz queremos ser agradecidos!

¡Gracias por acercarnos a tu hijo!. Gracias porque con tu silencio nos hablás tan lindo. Gracias porque una y otra vez como cuando acarreabas el agua de la fuente, rogás a tu hijo por nuestro pueblo. Gracias por tu servicio a la vida. Gracias por ser mujer y por atender las súplicas de tantas madres, que hoy sienten que el camino se hace cuesta arriba, como el del calvario y encima está la cruz. Gracias Reina porque sos tan madre que los hombres nos sentimos niños frente a tu imagen, y nos haces más buenos.

Gracias porque hoy como en Belén, la casa del pan, tocás corazones buenos para compartir el pan. Gracias por tu humildad de reina y tu grandeza de sierva. Gracias porque sos nuestra mediadora en la difícil comprensión entre los hombres. Gracias por ser madre y Reina de la iglesia, que seguís amamantando hijos con tu ternura, porque tu manto co-redentor también a cubierto a nuestros muertos.

Gracias porque nos enseñas a ampararnos a la sombra del Espíritu y nos alientas con la Palabra.

Gracias también por ser Reina de la paz. Concédenos del Señor su paz, fruto de la justicia, la que el mundo no puede dar.

Te necesitamos Madre y Reina para que las palabras del Evangelio: El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, allí estará mi servidor… nos alienten a seguir sirviendo en la Iglesia, en la familia, en la comunidad. Que sepamos siempre darte un lugar, en nuestro corazón, en nuestra familia, en nuestro pueblo. Sé nuestra luz, como nos pide tu Hijo: Caminen mientras tengan luz no sea que las tinieblas, los sorprendan, porque el que camina en tinieblas no sabe a dónde va. Mientras tengan luz, crean en la luz, y serán hijos de la luz.

Que la luz este presente siempre en nuestras vidas, sea presencia de tu Hijo que reina desde la cruz gloriosa. Presencia de la madre que acompañó al hijo hasta la gloria. Presencia en cada corazón que recibe  a Cristo redentor en la fe, lo saluda en la esperanza y lo vive en el amor.

Santa María reina de la Paz, mujer misionera, que no nos cansemos por los fracasos, líbranos de la resignación de los que se resisten a ser enviados, de los que dicen pero no hacen, y de los tranquilos, que no han sentido en el corazón, el resuello de las multitudes que todavía no conocen a Jesús.

Santa María Reina de la Paz te pedimos que intercedas ante los anhelos de pastoral planificada de nuestra Iglesia diocesana, líbranos de la tentación, pues tampoco ella es extraña a la palabra de más, que divide -al individualismo que fragmenta- al derrotismo que agobia, y a la exclusión que selecciona dentro del perímetro de sombra que proyecta el campanario.

Te lo pedimos para nosotros, que lejos de las discriminaciones, del egoísmo y del aislamiento, podamos estar siempre del lado de la vida, en el punto donde nace, crece y muere.

Santa María Reina de la Paz te lo pedimos para nuestra provincia, que trabajemos juntos echando las redes, que aunque pensemos distinto nos arremanguemos juntos, que los intereses partidistas no atomicen las voluntades.

Te lo pedimos para nuestras familias, para que el diálogo, el amor crucificado, la constancia y la ternura doméstica, hagan de ellas lugar privilegiado del compromiso cristiano y civil.

Te lo pedimos para nuestra patria y para el mundo entero, a fin de que la solidaridad de una mesa más grande vaya haciéndose eco entre los pueblos, deje de vivirse como un compromiso moral más y se reconozca como el único imperativo ético, donde la paz, fruto de la justicia, se convierta en meta ineludible.

Te rogamos que se lo pidas a  tu Hijo, por El, con El y en El, Pastor de las almas y Arriero de corazones, enviado del Padre, nacido de mujer. Amén

Iglesia Catedral de Nuestra Señora de la Paz, 22 de agosto de 2010.-

Mons Jorge Lugones SJ

Obispo de Lomas de Zamora
Gal. 4,4

Coronación Ntra. Sra. de la Paz

Posted: August 22nd, 2010, by Matoga

La Virgen fue coronada!!!!

GLORIA!!!

Este es el momento, mañana agregaré nuevos videos, fotos y detalles….

Felíz Día!!!!

Posted: August 21st, 2010, by Matoga

Queridos todos, en este día del Catequista, quiero saludarlos enviando la Homilía del Papa Juan Pablo II por el Jubileo de los Catequistas.

Un abrazo en Cristo

Llevar a los hombres a Cristo

1. “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos” (Lc 3, 4). Con estas palabras se dirige hoy a nosotros Juan el Bautista. Su figura ascética encarna, en cierto sentido, el significado de este tiempo de espera y de preparación para la venida del Señor. En el desierto de Judá proclama que ya ha llegado el tiempo del cumplimiento de las promesas y el reino de Dios está cerca. Por eso, es preciso abandonar con urgencia las sendas del pecado y creer en el Evangelio (cf. Mc 1, 15).

¿Qué figura podía ser más adecuada que la de Juan Bautista para vuestro jubileo, amadísimos catequistas y profesores de religión católica? A todos vosotros, que habéis venido desde diversos países, en representación de numerosas Iglesias particulares, dirijo mi afectuoso saludo. Agradezco al señor cardenal Darío Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación para el clero, y a vuestros dos representantes, las amables palabras que, al comienzo de esta celebración, me han dirigido en nombre de todos vosotros.

2. En el Bautista encontráis hoy los rasgos fundamentales de vuestro servicio eclesial. Al confrontaros con él, os sentís animados a realizar una verificación de la misión que la Iglesia os confía. ¿Quién es Juan Bautista? Es, ante todo, un creyente comprometido personalmente en un exigente camino espiritual, fundado en la escucha atenta y constante de la palabra de salvación. Además, testimonia un estilo de vida desprendido y pobre; demuestra gran valentía al proclamar a todos la voluntad de Dios, hasta sus últimas consecuencias. No cede a la tentación fácil de desempeñar un papel destacado, sino que, con humildad, se abaja a sí mismo para enaltecer a Jesús.

Como Juan Bautista, también el catequista está llamado a indicar en Jesús al Mesías esperado, al Cristo. Tiene como misión invitar a fijar la mirada en Jesús y a seguirlo, porque sólo él es el Maestro, el Señor, el Salvador. Como el Precursor, el catequista no debe enaltecerse a sí mismo, sino a Cristo. Todo está orientado a él: a su venida, a su presencia y a su misterio.

El catequista debe ser voz que remite a la Palabra, amigo que guía hacia el Esposo. Y, sin embargo, como Juan, también él es, en cierto sentido, indispensable, porque la experiencia de fe necesita siempre un mediador, que sea al mismo tiempo testigo. ¿Quién de nosotros no da gracias al Señor por un valioso catequista -sacerdote, religioso, religiosa o laico-, de quien se siente deudor por la primera exposición orgánica y comprometedora del misterio cristiano?

3. Vuestra labor, queridos catequistas y profesores de religión, es muy necesaria y exige vuestra fidelidad constante a Cristo y a la Iglesia. En efecto, todos los fieles tienen derecho a recibir de quienes, por oficio o por mandato, son responsables de la catequesis y de la predicación respuestas no subjetivas, sino conformes al Magisterio constante de la Iglesia y a la fe enseñada desde siempre autorizadamente por cuantos han sido constituidos maestros y vivida de modo ejemplar por los santos.

A este propósito, quisiera recordar aquí la importante exhortación apostólica Quinque iam anni, que el siervo de Dios Papa Pablo VI dirigió al Episcopado católico cinco años después del concilio Vaticano II, es decir, hace treinta años, exactamente el 8 de diciembre de 1970. Él, el Papa, denunciaba la peligrosa tendencia a construir, partiendo de datos psicológicos y sociológicos, un cristianismo desligado de la Tradición ininterrumpida que le une a la fe de los Apóstoles (cf. L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de enero de 1971, p. 2). Queridos hermanos, también a vosotros os corresponde colaborar con los obispos a fin de que el esfuerzo necesario para hacer que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo comprendan el mensaje no traicione jamás la verdad y la continuidad de la doctrina de la fe (cf. ib., p. 3).

Pero no basta el conocimiento intelectual de Cristo y de su Evangelio. En efecto, creer en él significa seguirlo. Por eso debemos ir a la escuela de los Apóstoles, de los confesores de la fe, de los santos y de las santas de todos los tiempos, que han contribuido a difundir y hacer amar el nombre de Cristo, mediante el testimonio de una vida entregada generosa y gozosamente por él y por los hermanos.

4. A este respecto, el pasaje evangélico de hoy nos invita a un esmerado examen de conciencia. San Lucas habla de “allanar los senderos”, “elevar los valles”, “abajar los montes y colinas”, para que todo hombre vea la salvación de Dios (cf. Lc 3, 4-6). Esos “valles que deben elevarse” nos hacen pensar en la separación, que se constata en algunos, entre la fe que profesan y la vida que viven diariamente: el Concilio consideró esta separación como “uno de los errores más graves de nuestro tiempo” (Gaudium et spes, 43).

Los “senderos que deben allanarse” evocan, además, la condición de algunos creyentes que, del patrimonio integral e inmutable de la fe, cortan elementos subjetivamente elegidos, tal vez a la luz de la mentalidad dominante, y se alejan del camino recto de la espiritualidad evangélica para tener como referencia vagos valores inspirados en un moralismo convencional e irenista. En realidad, aun viviendo en una sociedad multiétnica y multirreligiosa, el cristiano no puede menos de sentir la urgencia del mandato misionero que impulsó a san Pablo a exclamar: “¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!” (1 Co 9, 16). En todas las circunstancias, en todos los ambientes, favorables o desfavorables, hay que proponer con valentía el evangelio de Cristo, anuncio de felicidad para todas las personas, de cualquier edad, condición, cultura y nación.

5. La Iglesia, consciente de ello, en los últimos decenios ha puesto mayor empeño aún en la renovación de la catequesis según las enseñanzas y el espíritu del concilio Vaticano II. Basta mencionar aquí algunas importantes iniciativas eclesiales, entre las que figuran las Asambleas del Sínodo de los obispos, especialmente la de 1974 dedicada a la evangelización; y también los diversos documentos de la Santa Sede y de los Episcopados, editados durante estos decenios. Un lugar especial ocupa, naturalmente, el Catecismo de la Iglesia católica, publicado en 1992, al que siguió, hace tres años, una nueva redacción del Directorio general para la catequesis. Esta abundancia de acontecimientos y documentos testimonia la solicitud de la Iglesia que, al entrar en el tercer milenio, se siente impulsada por el Señor a comprometerse con renovado impulso en el anuncio del mensaje evangélico.

6. La misión catequística de la Iglesia tiene ante sí importantes objetivos. Los Episcopados están preparando los catecismos nacionales, que, a la luz del Catecismo de la Iglesia católica, presentarán la síntesis orgánica de la fe de modo adecuado a las “diferencias de culturas, de edades, de la vida espiritual, de situaciones sociales y eclesiales de aquellos a quienes se dirige la catequesis” (Catecismo de la Iglesia católica, n. 24). Un anhelo sube del corazón y se convierte en oración: que el mensaje cristiano, íntegro y universal, impregne todos los ámbitos y niveles de cultura y de responsabilidad social. Y que, en particular, según una gloriosa tradición, se traduzca en el lenguaje del arte y de la comunicación social, para que llegue a los ambientes humanos más diversos.

En este momento solemne, con gran afecto os animo a vosotros, comprometidos en las diversas modalidades catequísticas: desde la catequesis parroquial, que, en cierto sentido, es levadura de todas las demás, hasta la catequesis familiar y la que se imparte en las escuelas católicas, en las asociaciones, en los movimientos y en las nuevas comunidades eclesiales. La experiencia enseña que la calidad de la acción catequística depende en gran medida de la presencia pastoralmente solícita y afectuosa de los sacerdotes. Queridos presbíteros, en particular vosotros, queridos párrocos, que no falte vuestra diligente laboriosidad en los itinerarios de iniciación cristiana y en la formación de los catequistas. Estad cerca de ellos, acompañadlos. Es un servicio muy importante que la Iglesia os pide.

7. “Siempre que rezo por vosotros, lo hago con gran alegría. Porque habéis sido colaboradores míos en la obra del Evangelio” (Flp 1, 4-5). Amadísimos hermanos y hermanas, de buen grado hago mías las palabras del apóstol san Pablo, que la liturgia de hoy vuelve a proponer, y os digo: vosotros, catequistas de todas las edades y condiciones, estáis siempre presentes en mis oraciones, y el recuerdo de vosotros, comprometidos en la difusión del Evangelio en todo el mundo y en todas las situaciones sociales, es para mí motivo de consuelo y esperanza. Junto con vosotros deseo hoy rendir homenaje a vuestros numerosos compañeros que han pagado con todo tipo de sufrimientos, y a menudo también con la vida, su fidelidad al Evangelio y a las comunidades a las que fueron enviados. Quiera Dios que su ejemplo sea estímulo y aliento para cada uno de vosotros.

“Todos verán la salvación de Dios” (Lc 3, 6), así proclamaba en el desierto Juan el Bautista, anunciando la plenitud de los tiempos. Hagamos nuestro este grito de esperanza, celebrando el jubileo del bimilenario de la Encarnación. Ojalá que todos vean en Cristo la salvación de Dios. Para eso, deben encontrarlo, conocerlo y seguirlo. Queridos hermanos, esta es la misión de la Iglesia; esta es vuestra misión. El Papa os dice: ¡Id! Como el Bautista, preparad el camino del Señor que viene.

Os guíe y asista María santísima, la Virgen del Adviento, la Estrella de la nueva evangelización. Sed dóciles, como ella, a la palabra divina, y que su Magníficat os impulse a la alabanza y a la valentía profética. Así, también gracias a vosotros, se realizarán las palabras del Evangelio: “Todos verán la salvación de Dios”.

¡Alabado sea Jesucristo!

El Papa otorgó la Rosa de Oro al santuario de la Virgen del Valle

Posted: August 20th, 2010, by Matoga

Rosa de Oro de Mucchio da Siena San Fernando del Valle de Catamarca, 20 Ago. 10 (AICA) Además de designar al cardenal Francisco Javier Errázuriz como enviado personal para jerarquizar los actos centrales por el centenario diocesano, el papa Benedicto XVI envió la Rosa de Oro para el santuario de Nuestra Señora del Valle, que será entregada el próximo sábado 21 de agosto a las 20.30, durante la celebración de cierre.

La Rosa de Oro es una condecoración otorgada por el Papa a personalidades católicas preeminentes, usualmente reinas. También la recibieron algunas advocaciones de la Virgen María.
Fue creada por León IX en 1049. Como su nombre indica, consiste en un rosal de oro con flores, botones y hojas, colocado en un vaso de plata renacentista en un estuche de oropel con el escudo papal. El Papa la bendice el cuarto domingo de Cuaresma, la unge con el Santo Crisma y se la inciensa, de modo que es un sacramental.
Historia
El obispado de Catamarca emitió un comunicado de prensa en el que difunde información sobre esta singular institución de la rosa de oro, que se remonta al año 1049. Se dice que queriendo el Papa León IX poner bajo el dominio directo de la Santa Sede el célebre monasterio de la Santa Cruz de Alsacia que había sido fundado por sus abuelos y sobre el cual tenía derechos de patronato, el monasterio se obligó por un tratado a enviar todos los años al mencionado Papa y a sus sucesores el cuarto domingo de Cuaresma una rosa de oro o dos onzas del mismo metal. Así se verificó y con este motivo se estableció el ritual de la bendición y de la unción de una rosa de oro con la que se quiso figurar a Cristo representado por el oro, el más noble de todos los metales, y la resurrección del Salvador significada por el bálsamo aromático.

Antiguamente se pintaba la rosa de carmín para representar la sangre que derramó por su pueblo Jesús, pero luego fueron de oro bruñido y el Santo Padre después de bendecirla la llevaba en procesión con la mano izquierda, mientras que iba bendiciendo a los fíeles con la derecha.
El Pontífice acostumbraba enviar todos los años esta rosa a alguna iglesia particular o bien a algún príncipe o princesa de la cristiandad. La República de Venecia poseía cinco rosas en el tesoro de San Marcos, que han desaparecido durante las guerras de Italia, y el papa Gregorio XVI envió la que bendijo en 1834 a la ciudad de Venecia.
El valor simbólico
Pero el valor de la Rosa de Oro no reside en la cantidad del precioso metal ni en las gemas de las que está adornada, sino en su significado. En un libro de autor anónimo publicado en Roma en 1560 se declara su simbolismo.
El académico gerundense Enrique Claudio Girbal, en su tratado sobre la Rosa de Oro publicado en 1880, señala: «Desde la flor sencilla, quizás de los valles de los antiguos tiempos, hasta la rosa cuajada de perlas y pedrería, que algún autor describe en los pasados siglos, el valor material de la sagrada joya varía según las circunstancias y hasta según el gusto de los artistas y de las épocas; lo que es incalculable, y no varía, es el tesoro de misterios que la Rosa encierra. Según enseñan los mismos Soberanos Pontífices en repetidas cartas, esta Rosa significa y declara a nuestro Redentor, el cual ha dicho: “Yo soy la flor del campo y el lirio de los valles”; el oro de que se compone indica que Jesucristo es Rey de los reyes y Señor de los señores, cuyo profundo sentido mostraron ya los Magos, cuando como a Rey, le ofrecieron rendidamente el oro. El fulgor y alto precio del metal y las piedras con que la Rosa está compuesta, significan la luz inaccesible en la que habita el que es Luz de luz y Dios verdadero: el olor de los perfumes que sobre ella vierte en la bendición el Sumo Pontífice, representa en invisible esencia la gloria de la Resurrección de Jesucristo que fue de espiritual alegría para todo el mundo, pues con ella terminó el corrompido ambiente de las antiguas culpas y por todo el universo se esparció el suave aroma de la divina gracia; el color encarnado, de que en otro tiempo se teñía, representa la Pasión de Jesucristo; las espinas ofrecen la santa enseñanza de que en las espinas del dolor puso Jesús todas sus delicias, y recuerdan aquella corona que ensangrentó la cabeza del Redentor. En la Rosa, por último, se figura y simboliza la felicidad eterna».
Destinatarios de la Rosa de Oro
Algunos de los destinatarios de la Rosa de Oro fueron: Alfonso VII, Rey de Castilla, por el Papa Eugenio III en 1148; Luís I de Hungría (Clemente VI, 1348); Juana I, Reina de Nápoles (1368), Enrique VI de Inglaterra (Eugenio IV; 1444), Emperador Federico III y su esposa la Emperatriz Leonor, quienes fueron coronados el Lætare Sunday (1452) y recibieron la Rosa de Oro al día siguiente de Nicolás V; Jacobo III de Escocia (Inocencio VIII, 1486), Isabel la Católica (1500, Alejandro VI), Alejandro Jagellón, Rey de Polonia (Julio I, 1505), Enrique VIII de Inglaterra (Julio II, León X y Clemente VII), Isabel de Borbón (1618, Pablo V), Nuestra Señora de Fátima (1965, Pablo VI), Nuestra Señora Aparecida en Brasil (1967, Pablo VI y 2007, Benedicto XVI) y Nuestra Señora de Luján (entregada personalmente por Juan Pablo II en 1982).+

A 50 años de la Gran Misión de Buenos Aires

Posted: August 19th, 2010, by Matoga

Organizado por la Vicaría Zonal Flores, cuyo vicario episcopal es monseñor Luis Alberto Fernández, con la colaboración
de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, que preside el presbítero Luis Alberto Lahitou, la arquidiócesis porteña se
prepara a celebrar los 50 años de la Gran Misión de Buenos Aires y del Primer Congreso Mariano Interamericano.

Las celebraciones conmemorativas se llevarán a cabo los días 27 y 29 de agosto.

El acto central tendrá lugar en la intersección de las avenidas Del Libertador y Sarmiento, el viernes 27 a las
10, donde se bendecirá e inaugurará el monumento recordatorio del 75º aniversario del XXXII Congreso Eucarístico
Internacional celebrado en Buenos Aires en 1934; del recordatorio de la Gran Misión de Buenos Aires y del Primer
Congreso Mariano Interamericano.

El acto contará con la presencia del nuncio apostólico, monseñor Adriano Bernardini; del obispo auxiliar y vicario
general de la arquidiócesis de Buenos Aires, monseñor Joaquín Mariano Sucunza; de los obispos auxiliares de la
arquidiócesis; de autoridades del gobierno de la ciudad de Buenos Aires y de miembros de la Legislatura porteña.

De 11 a 13, en la parroquia Sagrada Eucaristía (avenida Santa Fe y Uriarte), habrá un acto académico en
recordación de la Gran Misión de Buenos Aires, en el que el presbítero licenciado Luis Alberto Lahitou resumirá las
actividades de la Gran Misión y del Congreso Mariano Interamericano.

Posteriormente se presentará un video en el que se muestra la construcción del altar monumental y el cierre del
Congreso Mariano.

El encuentro concluirá con las palabras de padre Jesús Matute Bartolomé, de La Rioja, España, quien fue uno de los
misioneros que vino especialmente de España para participar en la Gran Misión de Buenos Aires.

Finalmente, el domingo 29 de agosto, a las 10, se celebrará una misa en recuerdo de estos acontecimientos
eclesiales en la basílica nacional de Nuestra Señora de Luján, donde se bendecirá y colocará una placa que
testimoniará el 50º aniversario de la primera visita de la auténtica imagen de la Virgen de Luján a la ciudad de Buenos
Aires.

La Gran Misión
En 1960 la ciudad de Buenos Aires vivió una movilización espiritual como nunca antes se había visto. Se llamó
la “Gran Misión de Buenos Aires”, que abarcó además de la capital federal, los partidos del Gran Buenos Aires
comprendidos en las actuales diócesis de Avellaneda-Lanús, Quilmes, Lomas de Zamora, San Justo, Gregorio de
Laferrere, Morón, Merlo-Moreno, San Martín y San Isidro.

Una meticulosa organización cubrió toda esta región con centros de misión instalados en parroquias, capillas,
centros vecinales y clubes barriales. Varios centenares de sacerdotes y numerosos obispos venidos del interior del país,
de países de Latinoamérica y de España, fueron distribuidos en esos centros de misión, muchos de los cuales con el
tiempo devinieron en nuevas parroquias.

Los misioneros también realizaron visitas a los enfermos en los hospitales, a los privados de libertad en las
cárceles, y a todos los que de algún modo estaban necesitando la presencia de Cristo en sus vidas.

La Gran Misión fue puesta bajo el maternal patrocinio de la Santísima Virgen en su advocación de Nuestra Señora
de Luján, por lo que una multitud de réplicas de su imagen fueron llevadas por los misioneros a plazas, calles, hogares,
hospitales, cárceles y escuelas religiosas. Asimismo se acuñaron miles y miles de botones con la imagen de la Virgen
de Luján teniendo como fondo la Cruz del Congreso Eucarístico Internacional, que lucieron en sus pechos miles de
argentinos hasta durante muchos años después de la Misión.

Primer Congreso Mariano Interamericano
Casi simultáneamente con esta Gran Misión, que duró en sus tres etapas de septiembre a noviembre, se realizó
en octubre de 1960 el Primer Congreso Mariano Interamericano, acontecimiento que dio lugar a una serie de grandes
celebraciones en un altar monumental levantado en el mismo lugar del Congreso Eucarístico Internacional de 1934, en
el cruce de las avenidas Del Libertador y Sarmiento en la zona de los bosques de Palermo.

Se encomendó al arquitecto Amancio Williams la ejecución de un escenario adecuado a los fines de los actos del
Congreso y éste diseñó una pirámide que envolvía al Monumento de los Españoles, junto al cual se erigió una airosa
cruz de acero. La gigantesca pirámide, de caras triangulares se recubrió de láminas de acrílico de colores azulados y en
medio de los cuatro frentes una imagen monumental de Nuestra Señora de Luján.

El aspecto del conjunto, imponente por sí mismo, sin embargo fue opacado por otra presencia mucho más
significativa que el conjunto escenográfico, que la presencia de numerosos prelados venidos de las diócesis del país y
del extranjero, que la presencia del legado pontifico, y que las multitudes de sacerdotes, seminaristas, niños y fieles.

La estrella de esa convocatoria popular fue un simple y sencillo acontecimiento: después de 330 años, por primera
vez la imagen auténtica de la Virgen de Luján volvía a transitar las calles de la región. La que antes había recorrido las
polvorientas calles de la aldea colonial en el seno del buche de una carreta, escondida dentro de un simple embalaje de
madera, ahora reaparecía en toda su majestad en medio del pueblo que la aclamaba.

En una carroza autopropulsada, bajo un sencillo baldaquín dorado, cubierta de flores del pueblo que la aclamaba,
pasó por buena parte del territorio misional y fue recibida oficialmente en la plaza de Mayo.

La presencia de las autoridades religiosas, civiles y militares y de la feligresía marcó un nuevo hito en la historia de

las reuniones religiosas en Buenos Aires, pareció que nadie quiso quedarse fuera de ese encuentro con la Madre de la
Patria que venía nuevamente a la gran ciudad.

Mientras se desarrollaron los actos de la Misión la sagrada imagen los acompañó con su presencia y retornó a su
santuario de Luján en el mes de noviembre.

La Gran Misión concluyó en noviembre, mientras la Iglesia en la Argentina y en el resto del Mundo estaban
pendientes de los trabajos iniciales del Concilio Ecuménico Vaticano

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